terça-feira, 14 de fevereiro de 2017

Agulha Revista de Cultura | Fase II | Número 24 | Editorial


● LOS DESAPARECIDOS

La poesía oscura deslumbra con su misteriosa claridad.

Luis Cardoza y Aragón

Nadie es de todo fiel a la memoria de sus pérdidas. Por más que suspire la noche en medio a sus rutas vencidas, nadie inventa una torre que sea el epitafio confuso de su existencia. Todas las cosas en la tierra están más allá del pensamiento y la acción. La imagen muerde el sueño, así como el incendio rehace la casa perdida en el mapa común de los huesos. El hombre es una familia de migajuelas asombradas. Un suplicio, una esperanza, un rapto, y la casa se va a los infiernos de la duda. Yo sé que hay momentos en que la muerte no sabe más qué hacer de nosotros. ¿Qué hacer con los niños de las estrellas enmudecidas? ¿Qué hacer con la esfera quemante de nuestras ideas de nuevos pasos y el vientre preñado de las ventanas que dan para los manantiales de un modo distinto de uno perderse en la vida?
Las puentes pueden ser un litoral porfiado, una quimera reclusa, un clima sin finalidad. Los amantes son la venganza de la más sombría timidez de encontrarse con el vacío. ¿Cuántos han desaparecido antes o después de la muerte? ¿Hay un asombro guardado para cada vena y su astrolabio aprendiz? La misma imagen que desaparece frente a los ciegos es la que no puede alcanzar la navegación de los espejos. El mundo es un comedor. La sombra es un amor sin velas. Hay que hablar con el mesero  sobre el origen de las carnes.
Cuando aquí llegaron los primeros desaparecidos nadie podría imaginar que la vida faltara a sus actos solemnes. La vida es un asombro compartido. La vida es un desierto hospitalario de las ventanas más sorprendentes. No hay tinta o papel suficiente para la vida. No hay miseria que frene la existencia. Por eso pasamos la página de morir sin morir. Por eso olvidamos las semillas que golpearon nuestras manos. Por eso la voz del testigo es la voz de la diferencia. Nosotros somos los resucitados a cada día. Los desaparecidos de la libertad. Los ingenuos que creen en el abismo inefable. ¿A quién dedicar la embriaguez de nuestros olvidos?
Nadie puede creer en la razón de las guerras. Pero hay un milagro ambiguo que hace que la cura de las enfermedades pueble demasiado el mundo. La primera embriaguez nos dice que hay que matar gente. La segunda reclama que hay que enseñar a la gente a no tener hijos a cada noche. Los gobiernos más crueles son los que estimulan la multiplicidad de la especie. Dime, pobre víctima de la farsa de la muerte, ¿desde cuándo has desaparecido? La frustración hace con que desaparezcamos de nosotros mismos. La muerte no lleva a una satisfacción de tumbas. Pero ¿qué hacer con al respiración que no corresponde a la promesa de una vida nueva?
Yo quería estar donde no me das cuenta. Pero así yo mismo sería uno desaparecido de tu idea de mi amor, que sea. La vida es una fuente viuda de desaparecimiento. Hay que pensar en que métodos utilizamos para aceptar, rechazar o simplemente olvidar la autopsia cotidiana que hacemos de nuestras vidas. ¿Quién somos los desaparecidos? ¿Y somos desaparecidos de quién? Yo quiero acabar con las disidencias, con el efecto senil de las discordancias, es eso. Es lo que quiero. Así que me pongo a matar a todos que pueden representar una constancia estilística que sea en desacuerdo con la fe de mis labios.
Hemos pensado en un mundo de representaciones. Dios es el esplendor en bruto, y su dulzura infinita o su inocencia definitiva vibra en cada uno de nosotros como una afirmación de la transparencia más humilde. Pero el mundo es anterior al Dios que hemos aceptado como nuestro Salvador. Y ciertos dolores se repiten hace mucho tiempo, además de que actúan en nombre de otros dioses. Así que la exaltación de la muerte en un falso meteoro más abandonado que impulsado por la religión.
La melodía de la muerte nos convierte en estatuas que salen a bailar por los milagros calcinados, como solemnes prodigios de la libertad. ¿Qué tiempo necesita el hombre para invadirse por completo? El límite de las cosas es una fábula que atiende a las satisfacciones personales. No hay como restituir memoria a la imaginación, no importa a cuantas máscaras nos encontremos condenados. Un libro se escribe dentro de otro hasta el infinito y no hay inquisición suficiente para cerrar las puertas a la lectura de lo esencial.
Ahora hay que preparar la materia para aceptar sus limitaciones. El empleo de la imaginación puede cegar los espejos de la dominación. No me leas hasta que descubras el sentido de tu biblioteca de infortunios. El alfabeto cautivo acumula sus líneas de cansancio, la descreencia en un buen lector que llegue para recortar las escrituras y transfigurarlas. Allí estamos, múltiples como la disciplina del abismo, rellenos de movimiento como la pátina fantástica de los ríos, fértiles como la invisibilidad de lo que se mueve en nuestro íntimo. Para que el mundo vuelva a ser imprevisto hay que creer en las profecías de lo inconciliable.
La realidad aplasta sus serpientes. Crear exige creer. El absurdo danza con sus palabras metafísicas, reviste el sueño de actos oscuros, minera las ventajas de uno sobre los demás. No importa que el absurdo se llama arte, ciencia, religión. El hombre es frecuentemente traicionado porque necesita creer. El hombre sueña con la desaparición de las coincidencias. La calidad de la vida sufre las limitaciones de su aceptación. Un cuerpo se arrastra hacia sí mismo, como se la hostilidad del mundo fuera monosilábica, invertebrada, indivisible.
La razón reposa en silencio de cuerdas flojas. La verdad de la memoria es un mundo de paisajes repetidas en su oscuridad sin fin. El lenguaje posee dos venas que se llenan de la más ficticia incertidumbre. Una de ellas cree en la alquimia, mientras la otra rescata las formas todas de las antítesis perdidas. Los párrafos desaparecidos de una infancia son como las cartas apócrifas que salvan a los personajes de ciertos vértigos de la brujería. Una intemperie. Una promiscuidad no revelada. Una dolor pulsante sin combinación con otras líneas ilegibles. ¿Cómo entender que la verdad se alimente únicamente de sus metáforas?
Lo que más quiere uno es caer e quedarse en ese movimiento hacia la negación de todo cuanto alimente su perplejidad de una existencia común. No hay como llegar a la conclusión de que el hombre no esté listo para ser otro. No está. En la navaja del sueño. En el hogar inmune de sus culpas. En las vigilias humilladas, humillantes. El hombre camina por las calles del efímero con una falsa razón en sus bolsillos. No hay como extraer vida del hombre. Este personaje hace mucho ha pasado de sus límites.
Los conceptos incuestionables son el futuro de los errores más auténticos. No hay como conocer el mundo sin dejarse tocar por sus escalofríos. No hay necesidad de morir, sino de comprender que el hombre se alegra y sufre de acuerdo con nuestra realización. Un soplo. Una danza. La impensable revolución. El hombre está por toda parte. Cuando uno que sea desaparezca de los demás es la especie entera que no sabe qué hacer con su destino.
Camino de casa, todo indaga: somos desaparecidos, ¿de qué?


ÍNDICE

CARLOS RUVALCABA | A cien años del nacimiento de Juan Rulfo

CONTADOR BORGES | O fim da beleza

ESTER FRIDMAN | As vontades e a potência do leão

FLORIANO MARTINS | A alma do deserto, na fotografía de Lucy Barbosa

GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN | Amenodoro Urdaneta, un cervantino venezolano

JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ MUÑOZ | Carlos Fajardo Fajardo, un árbol auscultando sus raíces

JOSÉ ÁNGEL LEYVA | Tres poetas, un libro y las cenizas desde la raíz

MARIO PERA | Rodolfo Hinostroza - Vivirás inmerso en la palabra

MARTIN PALACIO GAMBOA | Tres poetas brasileños

PEDRO MACIEL | Uma última entrevista com Ferreira Gullar

ARTISTA CONVIDADO | MARÍA JESÚS BUIL SALAS | Las figuras familiares en la obra de Óscar Sanmartín




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Página ilustrada con obras de Óscar Sanmartín (Espanha), artista invitado de esta edición de ARC.

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Agulha Revista de Cultura
Fase II | Número 24 | Fevereiro de 2017
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