quarta-feira, 23 de novembro de 2016

GUILLERMO FERNÁNDEZ | ¿Qué es una noche de celofán? ¿Quién es Alfonso Peña?


Creo que fue en un antiguo bar de San José llamado “La Copucha” donde conocí a Alfonso Peña. Llevaba por aquel entonces su boina negra, un abrigo de corduroy y el gran bigote gurdjieffsiano que servía de marco a su agonizante cigarrillo. Bebía cerveza, mirando el ambiente de los teatreros y aprendices de arte. Llevaba un portafolio con sus escritos que luego me mostró en otro clima, menos infestado de poses. No era rápidamente accesible, primero te estudiaba un poco en broma, otro poco en la medida que compartieras alguna ruta de su inspiración, que podía ser sorpresiva.
Por aquel entonces, Alfonso era el coeditor de una revista literaria, de modesta impresión al principio (edición 1 y 2) que circuló fuera de Costa Rica y cosechó interesantes contactos. Me refiero a la revista Andrómeda, que desde un principio apostó por la divulgación y promoción de la cultura y el arte latinoamericano, sin “ningunear” la nueva producción costarricense y el reencuentro con ciertos artistas “minimizados” por el canon oficial, como Max Jiménez y Eunice Odio, entre otros. Andrómeda se distribuía en diversos puntos de la capital. La Copucha era uno de esos. En ciertas ocasiones  existía la oportunidad de encontrar a Alfonso y a otros artistas del colectivo, que de algún modo utilizaban esos antros para “divulgar” sus propuestas artísticas. Si alguien se interesaba, podía conversar algo, algo sobre autores y más sobre sucesos que podían ser un retazo de escritura que requería otro retazo y otro, hasta conformar un rompecabezas de extrañas situaciones, a veces hilarantes, o simplemente descabelladas o imposibles.
El centro de operaciones literarias lo tenía Alfonso en una extraña edificación, a la cual se ingresaba por una puerta falsa. Al entrar, se quedaba uno alucinado al observar un ajustado recinto donde destacaba un llamativo collage –en el cielorraso–. El recinto desembocaba en un corredor “art noveau” donde se tomaba “siempreviva”; se escuchaba a Frank Zappa, Bob Dylan, Jimy Hendrix, Janis Joplin, son cubano y jazz. Sobre todo se leía poesía en voz alta. En ese mismo edificio, vivía el profesor Tauro, un sui géneris astrólogo, entre otros muchos oficios. En ciertas noches emergía de la niebla una gitana, famosa por sus lecturas del tarot y sus requerimientos eróticos… Allí nos reuníamos los amigos para hablar de todo e intercambiar libros interesantes que no se encontraban fácilmente. Para pertenecer al grupo no se requería de una edad mínima ni tampoco de una conducta determinada. Bastaba con estar poseído de algún delirio literario o alguna razón vital fuera de control. Entraba de todo. Personas respetables y auténticos perdedores de extraña inteligencia.
Durante ciertos días, nunca programados por nadie, ahorcábamos la rutina, quitándole el banco donde se sostenían tensamente sus pies. Y comenzaba el rito de las noches de celofán. Por esa razón entiendo perfectamente los ejercicios escriturales de este primer libro de Peña, que no son ni cuentos ni pretenden serlo. Son solo el rastro de la bitácora de un observador que se aproximó al precipicio de la ciudad, cuando esta ya estaba infestada de deshumanización, cuando cualquier cosa era posible, y cuando el delirio era un estado alternativo y necesario en una vida urbana muy probablemente esquizoide.
El celofán es un tipo de envoltura que se utilizaba para envolver regalos. Es flexible y transparente. Una noche de celofán es un hecho casi siempre maléfico, ya que está envuelta en cierta viscosidad que parece referirnos una posible alternativa, una ruta, un encuentro casi siempre gratificante. A la larga, después de romper dicho envoltorio solo veremos que el frágil estuche no guardaba lo prometido.
Este libro de Alfonso Peña tiene once ejercicios escriturales. Conforman realmente un solo tema entreverado por un lenguaje citadino y poético a la vez. Aludimos a su construcción lingüística como un logro de la narrativa costarricense de los años ochenta, que aún no había logrado concretarse en la presentación de temas relativos a los tormentos del hombre moderno, sin que caigamos en el cliché de decir que era actual por urbana. En las universidades se seguía enseñando el costumbrismo nacional y el realismo mágico latinoamericano, baúl este último donde se han mezclado a autores tan disímiles como Borges y Gabriel García Márquez.
Se puede decir que Peña fue un innovador silencioso con Noches de celofán (1987) y que probablemente es uno de los autores que inauguran el underground literario de Costa Rica, ya que su vertiente se opone por completo al canon delineado por la literatura de denuncia social y de enfoque político que ha primado en muchos de los escritores “dominantes”. Quiere decir que Peña no se suscribió a ese plan de escritura. Más bien, a la par de su obra se deben alinear todos los autores experimentales que persiguen nuevas formas de escribir en Costa Rica.
En Noches de celofán hallamos una prosa semejante al divagar onírico, a la rememoración lenta y morosa, a la confesión susurrante del que expone influido por una confusión de los sentidos. El autor no condesciende a guiarnos por una gama de sucesos organizados. Solo recibimos el embate de las ornamentadas descripciones, auténticos lupanares barrocos, y el zangoloteo de las voces que nos parecen provenir de una sola queja a lo largo de todo el libro: “Pepe no es capaz de interceder, de seguro que es una broma, una chanza, se quieren divertir, al rato les hablaré de fútbol, de casas de citas… ¿pero si no es así?, entonces va a ser horrible…” (“La Media Naranja”).
Los personajes sufren los remolinos de una mentalidad caótica que se expresa mediante el fluir de conciencia. Tal es el caso de José en “La Media Naranja”, de Cascarita en “Límite de patio”, Lily de “Cause it’ time for you and me”, entre los que más se utilizan.
Podemos encontrar memorables descripciones mediante una decantación esmerada. Tal parece que el único personaje es el autor que se divierte en arreglar coreografías ebrias, hijas de su propia obsesión. En una entrevista que le hiciera Tomás Saraví (Revista Agulha Nº 53, Fortaleza - São Pablo, Brasil, 2006, www.revista.agulha.nom.br), Alfonso advierte que su intención con respecto al lenguaje empleado en Noches de celofán era reinventarlo y ponerlo de nuevo a circular. “Tiene una estructura complicada (dijo), el ritmo por momentos sincopado a la manera del bramido de un solo de saxo o el desgarramiento de la guitarra eléctrica […] Muchos lectores y críticos han apuntado que se ‘salta’ los géneros. Recuerdo que en ese momento estaba empezando a convencerme de que había que desechar los géneros literarios…”
Entendemos qué es saltarse los géneros porque ciertamente no hay límites precisos entre la crónica literaria, la prosa poética, el relato urbano, la novela fragmentaria, entre otros. Luego de su lectura, casi no recordamos tramas específicas sino la forma caprichosa de un lenguaje muy personal, exento de la intención de ser claro, conciso, eficaz (en su sentido moderno). Nada de eso. Con respecto a las características ortodoxas de la composición narrativa, nada más alejado que las Noches de celofán, donde se opta por el rompimiento de la sintaxis, la coherencia, la unidad de sentido, la necesidad de un desenlace.
En el siguiente fragmento de “Cause it’ time for you and me”, Lily evoca lo que sería simplemente un baile:

…es extraño cómo se ensortijan los cuellos.
 cómo se unen las cabelleras,
 cómo la pintura de los labios va corriendo por los rostros,
 cómo los dientes se multiplican con esa luz
 que es como el aspa de un molino.
 es gracioso ver cómo los hombres van rodeando
la pista de baile, la forma en que miran,
 cómo desean estar ahí dentro del tumulto de cuerpos.
 se pellizcan, se muerden. hacen muecas. disputan,
 pelean cada pulgada de la alfombra.
 me gustaría saber cuál es el nombre de cada uno
de los que miran. pero ¿para qué nombres?

La forma en que lo anterior está expuesto es una reinterpretación del contoneo del baile. Lo elemental en Peña, como escritor que ha observado al hombre y a la mujer de la ciudad, no deviene una evidencia literaria, sino que es el tejido de una celebración fatídica que no tiene sentido sino hasta que es verbo, no importa si es verbo apocalíptico.
Aparte del lenguaje que puede recrearse en este libro de una manera tan plástica y lúdica, como pocos que se hayan escrito en el país, señalamos el tema principal de Noches de celofán, y que a nosotros nos pareció la soledad como borde y centro del mundo josefino.
Con la soledad, los personajes de Peña no tienen sosiego. Inventan su destino trágico a fuerza de no aceptar su presente absurdo. Tenemos muchos caminantes en este libro de relatos y los más encantadores son los aquellos cafeinómanos de “¿Sabe alguien realmente qué hora es?”, que no pueden más que vivir en una rutina de visitadores de café, de analistas de lo ordinario, que ellos deben ver con asombro:

Al principio, tienes que andar solo, buscando cafetines donde refugiarte, emprendiendo espeluznantes viajes entre restaurantes chinos y fondas de tercera, atragantándote con cafecitos adulterados –muy propio de españoles– y renegando del café que hacen turcos y judíos. Uno solo, solín, solito, probando broza negra, chupando gofio azucarado, arrugando los labios por el terrible sabor de esa sustancia parecida al caldo de petróleo que se te quiere devolver de la boca.

Importante señalar que algunos de los relatos que más nos siguen gustando, porque presentan ese paso de escritura perpleja, de imágenes en aluvión, de imprecaciones irredentas, como es todo en una población abismal y ya sin rostros, serán sin duda el anterior citado, “El taxi marrón”, un viaje simbólico cuyo control está en manos de otro, “Concurso de natación” y “Límite de patio”.
Sobre “Límite de patio” nos parece que la propuesta de Peña deja de ser experimental para convertirse en un modelo de relato que hoy día continúa más moderno que mucho de lo publicado en el país. Es un relato de varios niveles de realidad que se encuentran y logran completarse con una naturalidad y dramatismo impecables. El hombre que traiciona a su infancia pierde la razón y es reclamado por los habitantes de esta.
La verdad literaria de Peña es pesimista. Pero un personaje, a pesar de su propia locura, todavía es capaz de anunciar su propia salvación. La invención de sí mismo, la noche de celofán que es superada:

No hay por qué alarmarse, sé que vendrán. Con ahínco, con ansiedad, pienso en el momento de llegar a nuestra Gruta. Volver a experimentar la sensación de libertad: cuando se levanta la vieja escala de madera y se incrusta la cabeza… en verdad, es algo que no se puede olvidar, y ni qué decir de las gélidas regiones, los fríos laberintos, volver a ver los juegos de espejos… Saber que somos dueños de Continentes Perdidos, de Barcos Relucientes, que tenemos miles de trajes para divertirnos, para jugar, como sólo nosotros sabemos hacerlo. (“Límite de patio”).









Noches de celofán, finalmente, es un libro de un verbo vertiginoso. Puede resultar un “mal viaje” para el lector acostumbrado a la prosa plana y lineal. Presenta la dificultad de una lectura que no es amable con el lector de primera entrada, porque fue escrito para lectores entrenados, con deseos de experimentación, capaces de entender que el lenguaje lo es todo y que los temas son solo circunstancias que el escritor consciente debe iluminar, ya que el idioma debe ser remecido desde su tuétano para que exhale lo que no dice todos los días entre lugares comunes y aburrimiento.



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Organização a cargo de Floriano Martins © 2016 ARC Edições
Artista convidado: Fred Svendsen (Brasil, 1960)
Agradecimentos: Amirah Gazel
Imagens © Acervo Resto do Mundo
Esta edição integra o projeto de séries especiais da Agulha Revista de Cultura, assim estruturado:

1 PRIMEIRA ANTOLOGIA ARC FASE I (1999-2009)
2 VIAGENS DO SURREALISMO, I
3 O RIO DA MEMÓRIA, I
4 VANGUARDAS NO SÉCULO XX
5 VOZES POÉTICAS
6 PROJETO EDITORIAL BANDA HISPÂNICA
7 VIAGENS DO SURREALISMO, II
8 O RIO DA MEMÓRIA, II
9 SEGUNDA ANTOLOGIA ARC FASE I (1999-2009)
10 AGULHA HISPÂNICA (2010-2011)

Agulha Revista de Cultura teve em sua primeira fase a coordenação editorial de Floriano Martins e Claudio Willer, tendo sido hospedada no portal Jornal de Poesia. No biênio 2010-2011 restringiu seu ambiente ao mundo de língua espanhola, sob o título de Agulha Hispânica, sob a coordenação editorial apenas de Floriano Martins. Desde 2012 retoma seu projeto original, desta vez sob a coordenação editorial de Floriano Martins e Márcio Simões.

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Um comentário:

  1. Muy buena reseña de un libro enigmático que hurga entre los límites, en nuestra ciudad. Un buen recuerdo para emprender la relectura.

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