segunda-feira, 21 de novembro de 2016

GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN | Disecciones


Cuando digo, con Eliot, que el mundo no puede soportar demasiada realidad, estoy diciendo también que la realidad del mundo va mucho más allá de la realidad inmediata; se sitúa en un espacio inaccesible de ese mundo que aspira conocer.

Existen dos tipos de obras artísticas: las que aspiran a reflejar lo real y las que aspiran a atrapar lo asombroso de esa realidad, pues ella por sí sola no asombra si la vivimos como rutina.

Todavía hay gente letrada que confunde un poema con un relato. Nunca ha habido una cosa tan distinta de la otra, literariamente hablando.

La parte más superficial del mundo del siglo XXI es que tiende a confundir todo con todo, y a categorizar cualquier cosa como si se tratara de un objeto trascendente en sí mismo.

Al pobre microrrelato le han caído todos los desaciertos e improperios baratos de la moda, con lo cual su desaparición artística ya pudiera ir considerándose.

Lo más triste de los primeros años del siglo XXI ha sido obligarnos a vivir en una decadencia anticipada.

Uno toma el bolígrafo como un bisturí para hacer una incisión en la página, y la página nos habla en medio de un temblor frío, pero necesario.

La literatura no es, como algunos creen, un oficio de escribir y publicar libros para lograr un reconocimiento cultural o social, sino para ir a contracorriente  de esos reconocimientos.

El éxito de ventas de un libro siempre deja una marca indeleble y dudosa en el fuero interno de un verdadero escritor.

Uno hoy se pone a leer libros con un sentimiento de extrañeza, como si éstos fueran objetos desusados, que usamos para matar la melancolía.

La cultura tecnológica, en su obsesión por la velocidad, está asesinando lentamente la capacidad de reflexionar seriamente sobre cualquier cosa.

Llega un momento en la vida en que uno cambiaría toda su biblioteca personal por una sola canción.

Nací en plena mitad del siglo XX; tuve la suerte de disfrutar de unos cincuenta años bien vividos, especialmente desde 1960 hasta 1980, tuve plena conciencia de haber estado en una especie de infierno-paraíso. Ya después de los 90 se produjo una antesala al siglo XXI que, honestamente, ha sido algo que se coloca en el lugar de una gran mediocridad incluyendo, por supuesto, a mi propia capacidad perceptiva.

Los amigos y el recuerdo de otros nobles amigos idos, las mujeres y la familia han sido los alicientes más valiosos de cuantos he tenido, junto a la literatura. Lo demás es silencio, como diría el joven Hamlet.

Hay dos tipos de soledad: la soledad que uno mismo se procura aislándose conscientemente, y la soledad implícita del ser. Hay una gran diferencia. Si te aíslas para estar solo, a menudo te encontrarás con tu propio fantasma, con tu otro yo que conversa contigo de un modo tan obstinado, que terminará volviéndote a lanzar al mundanal ruido, para que no acabes sintiéndote tan solo.

En medio de una gran lucidez, Vicente Huidobro dijo en una ocasión que la soledad no existía. Que era una suerte de pretexto para evadir los compromisos que tenemos con los demás, o algo así. Me atrae esa idea de Huidobro, de comprometerse públicamente con otros solitarios.

A medida que miro más películas,  voy anulando en mí la capacidad de escribir mis propias historias. En vez de estimularme, las imágenes y sonidos emanados de la caja televisiva van cercenando mi voluntad narrativa, hasta el punto de dejarme casi anulado.

Lo que una película dice en dos horas, un libro lo dice en veinte. El papel debe soportar ríos de tinta, corregidos una y otra vez,  para narrar una historia que debe construirse primero en la imaginación del lector, cosa que no ocurre con la obviedad de la imagen fílmica, donde casi todo nos viene dado.

A los escritores nos toca ser a veces artesanos verbales de imágenes.

La poesía está escapando cada día más de los versos sonoros y transparentes, para ubicarse en un espacio ubicuo que a veces intenta penetrar los intersticios de una prosa mal hablada o mal digerida, infectada de seudofilosofía. La poesía es una meditación sobre la vida, que no obliga al lector a asistir a la academia.

La poesía es algo así como la primera invitada a mirar la realidad,  pero casi siempre es la última en aparecer.

Después de hacer su arduo recorrido por espacios intermedios, rincones, basureros, desvanes, cuartos olvidados, recintos oscuros, la poesía vuelve a su origen: las páginas de un libro.

Por un tiempo determinado, –digamos hasta la primera mitad del siglo XX–, la novela disfrutó del privilegio de ser una forma joven y fresca. Ahora, la novela es la forma que más ha envejecido prematuramente; la han ido envenenando el periodismo, la publicidad, el cine y la política hasta convertirla en algo ilegible. La novela está muriendo ante nuestros ojos, y no podemos hacer nada.

La mayor parte de los novelistas actuales no escriben por una necesidad estética, individual o intelectual.  Escriben por una necesidad editorial, masiva o de prestigio social. Escriben novelas para la circunstancia,  para los premios y los honores. Poco a poco, los novelistas se han ido despidiendo de sus llamados interiores.

Al intentar simplificar todo en un formato de monitor, de computadora o televisión, el siglo XXI ha comprimido por todos los medios disponibles el pensamiento en una suerte de cápsula transportable. Los monitores están volcados a sustituir las imágenes de la naturaleza, y de paso, también, a  las imágenes de la literatura.

Ante el desvanecimiento progresivo de los humanistas, será necesario echar mano de los escépticos, los cínicos, los satíricos o los nihilistas. De otro modo, es posible que naufraguemos en el más patético de los marasmos culturales de que tengamos noticia.

La rapidez con que el pensamiento transmite al pulso, y éste al bolígrafo o al tecleo de la máquina sobre la página, nuestros sentimientos o ideas, no puede ni podrá ser nunca igualado por ningún otro procedimiento.

Si usted tiene algo que decir y no puede decirlo con palabras, será mejor que no lo intente decir por ningún otro medio.

Hoy por hoy, casi todo el pensamiento filosófico converge en una visión apocalíptica de fin de mundo, de agotamiento ambiental del planeta por los efectos que el mismo ser humano le ha procurado. Desaparecen como volutas los pensamientos metafísicos, trascendentes, cósmicos, del hombre. Su realidad se ha reducido a una grotesca alarma industrial de contaminación global.

Entre el deterioro y el placer nos movemos. En prodigarnos una vida sana, justa, recta o alegre, mientras envejecemos. Dado que el deterioro es más veloz, la rapidez del placer se dispara a una velocidad tan vertiginosa, que nos está tragando literalmente como una ráfaga devoradora.

Basta observar por un buen rato los animales no domésticos: los ratones, arañas, hormigas, avispas o moscas, para darnos cuenta de cuán miserables son las deidades sociales o políticas que intentan gobernarnos. Nos conducimos los humanos como dioses que disponen de la vida de perros, gatos o caballos para convencernos de ser superiores a ellos, en un inútil intento.

Me siento gratificado por haber derrochado mi vida en fiestas o juergas, tragos o bocados. Estoy casi seguro que, de no haberlo hecho, en este momento estaría sosteniendo en mi mano algo más letal, como una pistola o una pastilla que me llevarían a un estereotipado final.

El único tesoro, –aparte de los hijos, el recuerdo de los padres amados y las mujeres– que puedo ahora recordar es la lectura de algunos cuentos, novelas, poemas, dramas y la audición de música y películas; éstas me han llevado siempre en alas de hermosos vuelos hacia mundos ignotos de los que siempre supe poco, y espero nunca saber lo suficiente.

La cosa qué más puedo apreciar en este preciso momento es mi inconmensurable y luminosa ignorancia.

Uno se ruboriza a menudo cuando ve a escritores incluidos en el star system, firmando libros, autógrafos, concursos y asistiendo a reality shows, recibiendo homenajes como si fuesen golosinas públicas, cumpliendo agendas con gerentes, editores, periodistas, políticos, banqueros. En cada uno de estos espacios, el escritor mediático pone una cara diferente, trabaja como un actor profesional que aparentemente le dispensa de cualquier otra responsabilidad.

Uno toma su bolígrafo, a la manera de un escalpelo, e intenta hacer una incisión dentro del espíritu, y siempre encuentra algo turbio en el torrente anímico, que le permite seguir abriendo tajos, como un refinado cirujano.

Si yo supiera lo que voy a escribir a continuación, no seguiría con el intento.

El instante quiere ocupar el lugar del pensamiento. Es el justo instante en que ocurre el milagro de la literatura.

La teoría literaria desea –a veces de noble manera– justificar de modo racional o científico a la literatura, cuando la literatura es precisamente un fenómeno de la libertad del lenguaje, que pretende ocupar la mente de un lector por un determinado espacio de tiempo.

Una manera decente de sostener un escalpelo literario es teniendo una dosis de compasión con los demás, así como la ha intentado tener con uno mismo.

La literatura puede entenderse a veces como una aventura descabelladla. Si la viéramos de un modo totalmente opuesto, sólo sería un desabrido programa social o de televisión.

No hay manera de poner orden en este mundo. Se ha intentado bajo infimitas formas, pero los resultados no han sido convincentes. Según parece, mientras más orden buscamos, más sinsentidos aparecen en el mundo para impedirlo.

Jamás se hará una interpretación definitiva del mundo. El mundo es inacabado, y por ello, imposible de interpretar completamente por la ciencia. Entonces hace su aparición el arte, buscando equilibrar el asunto.

Acaso la poesía sea uno de los inventos más nobles que se han concebido para acercarse al mundo, aunque ella tampoco puede decirlo todo. Ella es apenas una herramienta noble que golpea delicadamente por encima de las cosas, sacándole algunos brillos certeros.

Mientras más inútil se vuelve la literatura, más adictiva es.

Pareciera que ya la sociedad en su conjunto se olvidó de la ética. En lugar de ella parece haberse instalado la razón corporativa, la estructura financiera y el argumento político, como entes irrefutables. Se confunde a la ética con los moralismos ocasionales, con los consejos a la juventud descarriada o con ciertos medicamentos que se dispensan en hospitales.

Una de las cosas positivas del catolicismo son las iglesias, esos cascarones maravillosos de una espiritualidad perdida que visitamos de cuando en cuando, para llevarnos a nuestras casas algunas imágenes indelebles.

Antoni Gaudí, el último arquitecto que coqueteó con Dios, tuvo amigos terrenales como el Conde Guell, que le permitieron realizar su trabajo hasta alcanzar su rango: último mártir del siglo XX.

La devoción por las iglesias en Ecuador sólo tiene rival en Polonia, donde en cada cuadra se edificaban iglesias para que la gente acudiese a perdonar a Dios.

Cuando escribo, creo a veces que la mano y el pulso están conducidos por un pequeño duende que juega conmigo, y hasta se burla de mí.

Cuando escribo, a veces me pongo en la posición de alguien que me interroga. Pero aún no he logrado saber quién es.

El mundo actual se halla sumido cada vez más en una serie enorme de escándalos financieros, producidos por estafas probadas. Las potencias económicas se echan la culpa unas a otras, ponen paños calientes a países aliados de tal o cual fondo monetario común, pero no pueden arreglar un fiasco semejante. Hablan de rescates a gobiernos y de otras lindezas ante los parlamentos. Ya el daño está hecho. Ahora tocaría poner la película hacia atrás, pero hay gente de mucho peso involucrada, y prefieren dejarlo así, hasta que se presente una nueva crisis. Total, para ellos las crisis son los verdaderos motores; grasientos y sin vida.

Alguna gente cree que un bohemio es un tipo que sale con amigos o amigas a beber hasta tarde. Nada de eso. Un bohemio trasnocha para vivir otra parte de la vida, la parte oscura, donde están los misterios reales, aunque ello implique un ápice de autodestrucción. El bohemio está consciente de esto y dominará como pueda a esta zona de la existencia que siempre se le adelanta.

Los antiguos bohemios alemanes o franceses, los borrachos rusos o polacos se embriagaban porque esa era su condición natural. Hoy les imitamos mal con noches de farra delirante, de las cuales tenemos la torpe tendencia a arrepentirnos.

Nadie comprende el placer entero de un bebedor, excepto otro bebedor. Aún existen para nosotros esos altares cotidianos –acaso los únicos que existen hoy– llamados bares.

– ¡Hay algo de lo que te arrepientas en esa vida disoluta y bohemia que llevaste?
– Sí. De no haber tenido una aventura con aquella rubia despampanante, que por cierto era la mujer de mi mejor amigo.

A veces  veo al contraescritor en alguna de las esquinas de la ciudad. Me adelanto a saludarlo con insistencia, pero él hace lo posible por evitar mi saludo.

A veces pasa algo parecido con los escritores que he sido: el novelista no quiere saludar al poeta; el cuentista no responde a las señales del articulista, y el articulista ignora por completo al novelista. Entonces paso de largo yo también.

De cuando en cuando, muy rara vez, descubro a un nuevo escritor, que atrapa mi total atención y admiración. Él se convertirá en mi amigo y confidente por un buen tiempo, hasta que se cerciora de que he conocido a otro oficiante de la palabra.

El vocablo literato tiene sus inconvenientes. Parece referirse a un ser humano dedicado  por entero a la literatura, inclusive por encima del existir. Aun así, lo prefiero al de intelectual, que parece aludir a un profesional del intelecto. Por otra parte, el término escritor es demasiado vago, (incluye a publicistas, periodistas, guionistas, cronistas, columnistas, amanuenses, etc.), y a veces no compromete al oficiante de la palabra con los complejos universos literarios que le anteceden. Por eso hay que hacer énfasis en él, para subrayar su verdadero sentido.

La muerte siempre nos vuelve más inteligentes.



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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN (Venezuela, 1950).  Narrador, poeta y ensayista. Es director de Ediciones Imaginaria, Fábula Ediciones y Director-editor de Imagen. Revista Latinoamericana de Cultura, en el Ministerio de Cultura de Venezuela. Contacto: gjimenezeman@gmail.com. Página ilustrada con obras de Armando Reverón (Venezuela), artista invitado de esta edición de ARC.






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