sábado, 22 de novembro de 2014

LUIS AGUSTI | Silvia Westphalen: homenaje a la piedra






Toda mi vida como artista me he preguntado qué me empuja continuamente a hacer escultura. He encontrado la respuesta. El arte es una acción contra la muerte. Es una negación de la muerte.


Silvia WestphalenLa reciente exposición de Silvia Westphalen se tituló, escuetamente, Piedras sueltas (Galería Fórum, Lima, del 31 de agosto al 17 de septiembre de 2011). Ni declaración solemne de principios, ni búsqueda ansiosa de un rótulo sofisticado: nada hay en la artista que sugiera apremio alguno por cumplir una agenda o llenar un expediente impuesto desde fuera. El proceso creativo –buscar un lenguaje, explorar las posibilidades expresivas del material– abarca más de dos décadas de esfuerzo sostenido, en su caso, con singular coherencia.
Catorce piezas trabajadas en mármol travertino o alabastro (piedra de Huamanga) a partir de 2010 se organizan en los dos ambientes de la galería. Nos encontramos con dos grupos que combinan los volúmenes exentos (es decir, que pueden ser rodeados por el espectador) posados sobre pedestales, con los relieves suspendidos en las paredes. A manera de pasaje, dos “lanzones” intermedian las salas como severos guardianes; son las piezas de mayor altura del conjunto expuesto, cuya escala humana sugiere presencias dialogantes o autoridades totémicas. Un montaje adecuado permite el disfrute sin abigarramiento; y la iluminación otorga protagonismo a las obras sin resbalar en el dramatismo de claroscuros innecesarios. La mayoría de obras carece de título; y, de haberlos, las alusiones a la naturaleza (“Nido”, “Nido de agua”, “Fuego”) no menoscaban la libertad del espectador para alcanzar una lectura personal.
La difícil relación del hombre moderno con la naturaleza alcanza, como es ampliamente sabido, niveles de angustiante gravedad. En la escultura de Westphalen, los elementos son elevados a niveles de respetuosa y serena contemplación. Las manos de la artista generan transformaciones en el poroso travertino o en el compacto alabastro, que aluden a la paciente erosión del viento sobre el arenal, a la descripción de ritmos lineales en los cursos de agua, a la energía ondulante del fuego, o a la acumulación milenaria de estratos geológicos. Imaginamos el empeño de incidir en la piedra con la fuerza abrasiva del disco adiamantado; sin percutir los bloques –obtenidos como desecho de marmolerías o recogidos en canteras–, y aun cuando prescinde del pulido final de las superficies, Westphalen consigue que sus piezas inviten al contacto táctil. En tiempos signados por el avasallamiento de la vista sobre los otros sentidos, redescubrir la experiencia de tocar resulta particularmente sugestivo, atrayente.

Silvia Westphalen   Silvia Westphalen

El acto creativo de Westphalen, laborioso y demandante de energía física, supone al mismo tiempo una interesante apertura a los azares del proceso. En efecto, solo hacia el final de la intervención de la artista en los volúmenes de mármol, ella adquiere plena conciencia de una cualidad propia de este material: el color. El baño ácido final, aparte de constituir un procedimiento de limpieza, devela gradaciones cromáticas impredecibles en estadios anteriores de avance. La naturaleza tiene reservadas algunas de sus cartas, y solo las destapa en esta culminación casi lúdica de tan comprometida intervención. Es en esta línea de descubrimientos que, en el caso de los “lanzones”, los pedestales –del mismo travertino– dejaron de ser tales: su integración con la pieza, su parentesco matérico, hizo que devinieran indesligables del volumen que, en principio, deberían únicamente sostener.
Silvia WestphalenLas dimensiones de naturaleza y cultura impregnan las obras sin alusiones específicas. Así, por ejemplo, una plausible asociación con el paisaje costeño, severamente árido, podría matizarse con la exuberancia de formas orgánicas de la selva. De otro lado, la referida apariencia totémica de las dos piezas-bisagra, y aun las obvias evocaciones del título “Lanzón”, no bastan para circunscribir las obras a determinados contextos culturales. La autora prescinde de referencias iconográficas que puedan sesgar la lectura de su propuesta en dicho sentido. En cambio, sí encontramos una íntima conexión entre ambas dimensiones: como si quisiese operar una mímesis entre el “proceder” de la naturaleza y su “caligrafía” personal, Westphalen entrega objetos que, no obstante su elevada condición de productos culturales (su “artisticidad”), lucen como si “estuviesen allí” en tanto fragmentos naturales. Son obras, pero no dejan de ser piedras. Se alcanzan cotas estéticas, pero se mantiene la vibración telúrica. Están en la galería, pero quizás nunca se desgajaron del paisaje. Estas esculturas admiten el calificativo de abstractas; sin embargo, lo natural no deja de ser figurado con acabada discreción en líneas, estrías, estratos o venas.
Hemos mencionado líneas arriba una posible asociación formal con lo orgánico. Aun en su majestad de montañas –ciertas obras mantienen cúspides que así lo sugieren– o en su paradójicamente líquida fluidez, estos volúmenes se sienten como presencias vivas. La indeclinable vinculación con la naturaleza bastaría para justificar, si fuese necesario, esta percepción. O quizás estemos ante una rotunda coincidencia con lo manifestado por el escultor lituano Lipchitz en el epígrafe. Las esculturas de Silvia Westphalen son, como toda forma de arte auténtico, afirmación de la vida. Un acto de rebeldía ante la muerte. Una forma de permanencia que podría permitirle al artista aliviar la conciencia de finitud; y al espectador, enriquecer su experiencia sensorial y aproximarse, por la vía de la contemplación, a dimensiones acaso postergadas de su propia identidad. 

Silvia Westphalen


Luís Agusti (España, 1969). Artista plástico y ensayista. Secretario General de la Universidad del Pacífico (Lima, Perú). Artículo publicado originalmente en la revista Artmotiv # 12 12 (octubre 2011-abril 2012). Agradecimientos a su editor, Joseph Firbas. Visite: www.luisagusti.com. Contacto: agusti_la@up.edu.pe. Página ilustrada con obras de Silvia Westphalen (Peru), artista invitada de esta edición de ARC.



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